Había una vez, cuando los cultivos crecían verdes todo el año, una muchacha llamada Perséfone, era hija de Démeter, diosa de la agricultura, y de Zeus, señor del rayo y de todos los dioses.
La joven vivía en un jardín aislado, rodada solo por flores y animales. Su madre la había confinado para evitar que sea pretendida por algún dios libidinoso o algún mortal dispuesto a corromper su inocencia y lastimar su corazón.
Mas conforme la joven iba creciendo, lamentaba el no tener un compañero, pues incluso los animales tenían pareja y eran felices.
Zeus oyó el lamento de su hija y ordenó a Eros que le disparará una de sus flechas de amor, para que deje de sentir ese vacío en ella.
Pero cuando Eros estuvo a punto de disparar, fue descubierto por Démeter, quien furiosa le preguntó por qué hacía eso. Al saber que el responsable era el señor del Olimpo, Démeter subió, furiosa, a discutir con él.
¡¿Cómo te atreves a hacerle eso a mi pequeña?! – le gritaba, mientras su ira provocaba temblores a lo largo de toda la tierra – ¿¡Esperabas ponerla en bandeja para el primer mortal que pase primero?!
¡Calma, mujer! – respondió Zeus con voz de rayo – ¡Nuestra hija ya es una adulta! ¡No puedes decidir por ella, ni evitar que crezca!
¡Los hombres son viles y traicioneros, lastimarán su corazón! ¡La usarán y luego la desecharán como…!
¿…Cómo mi marido a ti? – Hera, esposa legítima de Zeus estaba echada de espaldas sobre un diván – Los lloriqueos me aburren. Iré a ver si otra de tus furcias ha parido un hijo al cual visitar.
Dicho esto la señora del Olimpo desapareció, dejando a Démeter con el rostro rojo de rabia y a Zeus frotandose el ceño con los dedos.
¡Eros! – llamó- ¡Ven aquí!
El dios alado voló raudo al llamado de Zeus
-A las ordenes, mi señor.
-Ve a la forja de Hefesto. Juntos harán una flecha de amor, pero no como las que ya tienes, será una especial; la arrojarás al aire y tendrá que caerle a un hombre fiel y digno.
Eros se vio contrariado – Mi señor, aunque el amor sea fuerte, las pasiones de la carne también lo son y…
-¡Lo sé! – le interrumpió el soberano, cuya propuesta había transformado la ira de Deméter en curiosidad – ¡Oiganme, Démeter y todos los dioses del Olimpo! – respondió alzando la voz como un trueno – ¡Si esa flecha no llega a golpear a ningún hombre, mortal o inmortal, casaré a Perséfone con el primer dios que me lo pida! ¡Lo juró por el río Estigia!
Un rayo atravesó el cielo, sellando la palabra del dios del Olimpo.
-¡Está bien! – Vociferó Demeter, frustrada pues sabía que no podía ir contra la voluntad del dios supremo – ¡Así sea! ¡Y ya sabemos que eres el dios del rayo, no es necesario lanzar uno cada 5 minutos!- añadió mientras se daba la vuelta para descender al mundo de los mortales.
Mientras tanto, en el Inframundo, un siervo asustado se dirigía a la Sala del Juicio.
-¿Señor Hades? preguntó con timidez, mientras se acercaba a la parte trasera del trono.
El dios del Más Allá estaba sentado, apoyando una mano sobre su mentón con gesto aburrido. Su túnica color rojo oscuro formaba pliegues alrededor de su cintura y rodillas.
-Dime, Eurynomos – le respondió este con voz aburrida.
-Han aumentado los terremotos, señor, algunas grietas se están abriendo en la superficie, lo cual causa que los escombros caigan aquí y…
-Oh, que tragedia. ¿Tenemos algún muerto?
Eurynomos se mordió los labios antes de responder, su señor jamás había reído en voz alta y nunca nadie sabía reaccionar ante sus sarcasmos y comentarios ácidos.
-No, mi señor, pero la luz está entrando y eso pone inquietas a las Furias, sin contar con que algunos muertos podrían escapar…
Hades lanzó un suspiro antes de contestar
-¡Minos, Eaco, Radamanthys! – los tres estaban sentados de espaldas a unos poco metros de distancias, juzgando las vidas de los muertos recién llegados – Tengo un asunto que atender en la superficie. Sigan con los veredictos hasta que yo regrese, pero nadie entra o sale ¿Está claro?
Los jueces asintieron con la cabeza sin dejar de revisar sus archivos. Hades se puso en pie y empezó a andar.
-Mi señor – le volvió a preguntar Eurynomos – ¿Será prudente dejar a los muertos esperando?
-No es como si tuvieran otro lugar a donde ir – le respondió Hades sin voltear a verlo.
Sentía como el sol le quemaba y cegaba mientras ascendía al mundo de los vivos, obligándolo a cubrirse el rostro con su capa mientras murmuraba
-Encerremos a Tifón debajo de las montañas, dijo Zeus, que no lo ponemos en el mar por que cuando tiemble podría causar maremotos, claro, por que temblores y volcanes son una mejor opción. ¿Qué eso va a fectar el reino de Hades? ¡Al infierno con él! No, no lo estamos insultando, en serio, que sea el rey del Inframundo mientras yo gobierno el cielo y la tierra, claro que si…
Mientras caminaba se encontró con la figura alada de Eros, quien se encontraba revoloteando.
-¡Hades! – le llamó este, con una cierta ansiedad en la voz – ¿Có…cómo estás? ¿Qué haces por aquí, en la superficie?
-La tierra tiembla, posiblemente Tifón esté rascándose la espalda debajo del volcán Etna otra vez, así que ahí voy.
-Oh no, no es por eso, es solo que Deméter y Zeus tuvieron una discusión por, bueno…
-La rueda del destino es curiosa – le cortó Hades con un bufido – mis hermanos antes luchaban con titanes y ahora lo hacen contra sus amantes. ¿Ya se le pasó el berrinche a Deméter?
-Si, si, definitivamente, te aseguro que no causará más problemas…- afirmó enfáticamente Eros.
-Bien, regreso a mis dominios – Hades dio medio vuelta mientras un abismo se abría en la tierra para que entre a su reino – Adios
-… por ahora – susurró Eros mientras veía como, imperceptible, la flecha que había lanzado iba clavada en la espalda del dios de los muertos.
Perséfone observaba las flores con los ojos húmedos. Había vuelto a discutir con su madre, y en un arrebato había salido corriendo. Demeter estaba vigilando la siembra, así que no tuvo tiempo de perseguirla.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando empezó el temblor.
Los pájaros salieron volando mientras aumentaba la intensidad de las sacudidas. Perséfone se tambaleó mientras observaba como una grieta enorme se abría de la tierra.
«Este no lo está provocando mi madre» pensó mientras clavaba la mirada en el abismo.
El suelo dejó de temblar. Un humo plomo, espeso, salió de la abertura. Y detrás un jinete. Su caballo y su armadura eran negros como la noche más intensa. El yelmo proyectaba una sombra que le cubría el rostro, envolviéndolo en penumbra.
Antes de que pudiera gritar, el misterioso aparecido la tomó por la cintura y la montó en su caballo, luego dio medio vuelta y entro con ella al inframundo, cerrando el abismo tras de sí.
Hades pudo sentir como Perséfone temblaba mientras la bajaba del caballo. Se puso en pie frente a ella y chasqueó los dedos. Varias columnas de fuego verduzco emergieron del suelo, iluminando la estancia. Pudo observar sus ojos desmesurados, su boca entreabierta de sorpresa.
-No temas – le dijo con la voz fuerte, distorsionada por el eco del casco. «Así solo la estoy asustando más» se dijo y procedió a quitarselo – Soy Hades, y este es mi reino. No te haré daño.
-¿Ha…Hades? – fue lo primero que pudo preguntar. El largo cabello del señor del inframundo ondeo cuando se quitó el yelmo. Mientras sus hermanos lo tenían crespo y alborotado, la melena de Hades era lacia y elegante. Tampoco llevaba la barba que tanto enorgullecía a Zeus y Poseidón. El fuego dotaba a su piel de un tono verde pálido que le resultaba bastante peculiar y atractivo. – ¿Qué… por qué?
Hades suspiro pesadamente. – Acompáñame, por favor. – le ofreció una mano, pero vio que ella vacilaba en tomarla, así que la retiro y empezó a caminar con ella a su lado.
Perséfone caminaba abrazándose los hombros. No podía evitar dar un leve respingo cada vez que las llamas se encendían conforme pasaban.
-Está bien. – la voz de Hades era bastante calmada, sonaba seguro de sí mismo pero sin llegar a la arrogancia ni el despotismo – Nada bajo mis dominios te hará daño. Jamás.
Caminaron un poco más hasta llegar a una habitación donde había un pequeño lago al centro. Hades se acercó primero y le invitó a mirar dentro. Perséfone pudo ver la superficie, el sol y las montañas.
-Hace años que no venía aquí – le dijo el dios de los muertos – Cuando llegué por primera vez extrañaba el mundo de arriba. Pero pasó el tiempo y me cansé de ver a hombres y mujeres morir, a las plantas marchitarse y los animales descomponerse. Soy consciente de todo ello. Para mí la vida perdió todo atractivo y decidí aislarme para siempre, dedicándome solo a mi trabajo como juez supremo de los muertos.
Perséfone le escuchaba atenta. Hades hablaba con la dignidad de un dios, pero había cierta melancolía escondida en sus palabras. Que diferencia con los rumores de que Hades era un dios cruel y terrible. El señor de los muertos se sentó en la orilla y ella se colocó a su lado.
-Hace poco, movido por no sé que impulso, decidí echar un vistazo – Hades clavo su mirada en la de Perséfone – Y entonces te ví. Y comprendí que la belleza y el amor y las cosas buenas aún existían y que todas ellas se habían reunido y habían dado lo mejor de sí para crearte a ti. Sentí que en mi pecho galopaban sentimientos que nunca había tenido. No era el simple deseo carnal del que tanto se enorgullecen mis hermanos, ni un arrebato de locura, aunque tenía la intensidad de uno. Era amor. Y la certeza de que deseaba hacerte mi esposa y compartir la eternidad contigo.
Perséfone estaba sonrojada, mirando fijamente los ojos de su interlocutor. Entonces un pensamiento la asaltó.
-Eso significa que vas a poseerme ¿ No es así? – se alejó de él instintivamente, cubriéndose el pecho con las manos.
-No sería capaz – le respondió Hades sin levantarse – tu belleza es una flor que debe ser cultivada, no arrancada – de pronto hizo una mueca de desagrado – he juzgado a demasiados hombres violentos con sus mujeres como para querer hacerte lo mismo. Te ofrezco lo siguiente: Quédate conmigo un tiempo. Serás tratada como mi reina y me esforzaré en mostrarte lo mejor de mí. Si después de unos meses decides marcharte, no te detendré. Además te prometo que durante tu permanencia nunca haré nada contra tu voluntad. Es la palabra de un dios. Y también de un enamorado.
Los dioses solían acompañar sus juramentos por rayos, temblores u otras demostraciones de fuerza. Hades no hizo nada de eso, pero Perséfone sintió la seguridad en su voz y su mirada y supo que él nunca faltaría a sus promesas. Poco a poco se relajó, mientras pensaba en su madre, en las discusiones y en las historias de amor que tanto había oído.
-Acepto. – le respondió con firmeza.
Perséfone se instaló en una habitación diseñada especialmente para ella. Durante el día, Hades trabajaba juzgando a los muertos y ella aprovechaba en recorrer el Inframundo. Jugaba con Cerberos a rascarle entre las cabezas y hacer que una se duerma mientras las dos permanecían vigilantes. Una vez lo dejó totalmente dormido y los muertos empezaron a asomar a la salida. Perséfone solo podía pensar en el caos que se desataría si estos volvieran al mundo de los vivos. Desesperada, se paró entre ellos y la salida y exclamó con todas sus fuerzas:
-¡Alto! ¡Regresen al Inframundo!
Los muertos huyeron despavoridos. Persefone se sorprendió al ver que su grito había sacudido la tierra y elevado flamas rojas del suelo, similares a las llamas verdes que invocaba Hades.
-Vaya que les ha dado buen susto, mi señora – le dijo Eurynomos, sonriendo mientras se acercaba – venía a detenerlos, pero veo que no ha sido necesario.
-¿Qué… que ha sido eso? – le peguntó Perséfone mientras observaba, incrédula, el rastro de ceniza que su fuego había dejado en el piso.
-Usted es la reina de este lugar. La señora de los muertos y del inframundo. Todos y todo aquí está bajo sus ordenes – se acercó a Cerbero y empezó a darle palmadas en el lomo – Arriba, holgazán, aun tienes mucho que hacer.
En la noche Perséfone le contó a Hades lo sucedido, esperando llevarse una reprimenda o un castigo. En vez de eso el señor de los muertos rió.
-Esa es mi reina – le respondió con una sonrisa de orgullo. Al ver su mirada sorprendida continuó hablando – Es cierto que cometiste un descuido, pero tuviste la fuerza y el ingenio para corregirlo. Dado lo importante de nuestra función, no podemos permitir que ocurra nada malo… pero es bueno relajarse de vez en cuando.
Ambos sonrieron y siguieron conversando. Aprovechaban las noches para conocerse, Perséfone le hablaba del mundo de la superficie, mientras Hades le comentaba sobre los muertos y las historias que estos tenían para contar.
-Eres diferente a como te imaginan allá arriba – le comentó Perséfone una vez – Todos te temen, y te consideran cruel y sádico, que disfrutas de la muerte…
-Apolo ordenó despellejar vivo al sátiro Marsias por atreverse a retarlo a un duelo de música. Circe transformó en un monstruo a la ninfa Escila solo por envidia. ¿Y a mí me llaman cruel? Mi labor es cuidar que la parte final del ciclo de la vida ocurra sin ningún percance. Soy el juez de todo. No siento envidia, celos, ni rencores hacía los que llegan a mis dominios. No dejo que mis emociones interfieran en mi trabajo.
Perséfone había querido interrumpirlo cuando llegó a la parte de Escila, pero no lo hizo porque le gustaba la elocuencia y sentido del deber con la que Hades hablaba.
-Es como con las plantas. – le dijo cuando él terminó de hablar – Los animales muertos sirven de abono para las nuevas cosechas. Los frutos deben ser consumidos para liberar las semillas y el trigo segado para que crezca nuevamente. La vida y la muerte son en realidad dos caras de la misma moneda; opuestas, pero unidas y necesarias entre sí…
-Como nosotros – Hades la miraba embelesado. – o bueno, como lo que representamos.
Ambos se miraron y sonrieron.
-Me has dado una idea – continuó Hades – Mañana al anochecer espérame junto al lago donde hablamos por primera vez.
Intrigada, Perséfone asintió.
Antes de llegar Eurynomos le tendió una venda.
-Es para sus ojos, mi señora. – le dijo con la cabeza gacha – mi señor Hades desea que sea una sorpresa.
Perséfone se la colocó y avanzó a tientas. No solo estaba segura del camino por todas las veces que había explorado el Inframundo, sino porque sabía que era la ama de ese lugar y que jamás podría perderse.
-Puedes quitártela.
Al oír la voz de Hades, Perséfone se retiró la venda. Frente a ella el señor de los muertos estaba de cuclillas, con las manos juntas sobre la tierra. Tenía una pequeña flor entre ellas.
-En teoría nada vivo puede crecer aquí – le dijo mientras ella se arrodillaba para observar la planta más de cerca – Pero sé que puedes cambiar eso.
-¿Yo? – le respondió, dubitativa -Mi madre es quien controla los cultivos, yo solo…
-Tú eres hija suya – la motivó Hades – No solo eres la reina de los muertos, sino también la Doncella de la vida. Una diosa hecha y derecha.
Persefone sonrió y, sin saber bien que hacer, colocó sus manos alrededor de la flor y cerró los ojos, concentrándose.
Poco a poco la planta fue poniéndose más erguida, creciendo un poco y desarrollando un par de hojas.
-¡Lo estoy logrando! exclamó emocionada.
-Lo lograste desde el principio – le dijo Hades – el ambiente solía estar tan lleno de muerte que las plantas se marchitaban en cuanto ingresaban. Desde que gobiernas este lugar la atmósfera es más limpia, más saludable.
-Transformaré este recinto en un jardín – le contestó Perséfone sonriendo – Higos, granadas, narcisos… solo necesitaré las semillas y mucho entrenamiento.
-Tendrás todo lo que necesites – le respondió Hades, mirándola de frente.
Ambos acercaron sus rostros lentamente y se dieron un beso. Corto, tierno, pero lleno de sentimientos. Se separaron y se miraron dulcemente.
-¡Persefone! – gritaba Démeter, usando sus manos para darle eco a su voz – ¡¿Hija mía, dónde estás?!
Unos pasos detrás suyo iba Hécate, la diosa de los caminos, sujetando una antorcha que iluminaba el sendero que ambas seguían.
-No puedo sentirla – le dijo a Démeter mientras con la mano libre sujetaba la correa de su perro mascota – es como si no estuviera entre nosotros…
– Es imposible – le contestó con frustración, mientras aceleraba el paso – mi hija está en algún lado. Yo la vi desaparecer con mis propios de ojos.
– ¿Era de día? – le preguntó Hécate, deteniéndose un momento
-Si, si. – le respondió esta, distraída – ¿Podrías ilumina…?
Démeter volteó a verla. Los largos cabellos de Hécate se habían alzado en punta, como si un viento los estuviera alzando. Sus ojos brillaron como si fueran llamas y cuando habló su voz parecía ser la de tres personas hablando al unísono.
-Escúchame, hija de Cronos. En vano buscas a tu hija en la tierra. El único capaz de revelarte su paradero es aquel que todo lo ve durante el día: Helios, el sol mismo. Es él quien te mostrará el camino a tu hija.
La apariencia de Hécate volvió a la normalidad. Démeter la miraba con alegría y una pizca de admiración por sus poderes.
-Gracias – le dijo tomándola de la mano – ahora sé a donde ir.
Helios era el dios encargado de llevar el sol durante el día, para lo cuál era ayudado por un carro tirado por toros de fuego.
Deméter dejó de lado todo protocolo y etiqueta, Démeter corrió hacia él apenas le vio llegar al amanecer.
-¡Salve, Helios, al que llaman Panoptes porque todo lo ves! Lamento el venir sin anunciarme pero…
-¡Salve, Démeter! Has de saber que para mí no hay invitados sorpresas, pues a todos puedo ver llegar desde lo alto del cielo.
-Y es por tu maravilloso don que vengo a buscarte A pesar de mis grandes esfuerzos no logro dar con el paradero mi hija, Perséfone. Y si alguien puede darme una ayuda eres tú. ¿Has visto que fue de ella? ¡Por favor, contéstame!
-Tus palabras de madre me conmueven. Sí, sé quien es responsable de la desaparición de tu hija, pero no es lo único que he visto. En tu afán por buscarla has empezado a descuidar tu labor, la preocupación crece en los rostros de los hombres, pues temen que los cultivos….
-Antes de ser diosa, soy madre – le interrumpió Démeter, tratando de mantener la compostura – tan pronto encuentre a mi hija retomaré mis labores, antes no.
Helios comprendió. Día a día veía en el mundo como la pasión nublaba la razón. Los dioses no eran tan diferentes a los hombres.
-Tu hija estaba corriendo cuando la tierra se abrió. De allí salió el mismísimo Hades y la secuestro consigo hacia las entrañas de tu reino.
-Ha… des… – susurro Démeter mientras daba media vuelta – Gracias, Helios.
-Algo más – le dijo antes de Démeter terminará de alejarse – Zeus, el padre de todo, ha dado su consentimiento para esta unión…
-¡¿Cómo se atreve…?! – su voz se perdía mientras se alejaba con pasos decididos – Bien, parece que mis hermanos necesitan recordar que somos hijos del mismo padre.
Mientras tanto, el Olimpo se llenaba de los lamentos de los hombres.
-¡Maldita sea! – gritaba Zeus – ¿Por qué no se callan?
-Siguen rogando que los cultivos crezcan – Hermes asomaba al borde del templo, usando sus botas aladas para ver el mundo de los mortales – Las reservas se agotan y los árboles se secan. Pronto no tendrán nada que comer…
-¡No importa cuanta lluvia mande, si Deméter no le da vida a las plantas, no sirve de nada! ¡¿Dónde est…?!
-¡Zeus! – bramó la diosa de la agricultura mientras subía hacía el monte Olimpo hecha una furia – ¡¿Cómo te atreves a entregar a mi hija como si fuera una gallina para el sacrificio?!
-¡Quieta, mujer! – le ordenó Zeus apuntándole con el dedo – ¡Nuestra hija ya es una adulta! ¡Y no está casada con cualquiera, sino con Hades! ¡Él es el rey de los muertos, su reino se hace grande cada día! ¡Incluso si algún día los inmortales perecemos, seremos sus súbditos!
-¡No me importa! – repitió Deméter – ¡Yo quiero a mi hija, aquí y ahora! ¡No tienes derecho a disponer de ella!
-¡Tú tampoco! – vociferó Zeus – ¡Nuestra hija fue pretendida por Ares, Hermes e incluso el mismísimo Apolo! ¡Tú respondiste alejándola del mundo! ¡Ahora está unida a Hades y así será!
-Escucha, hermano – Demeter asentó la última palabra, recordando a Zeus que ambos eran iguales y lucharon juntos contra Cronos – Mientras no encuentre a mi hija, no habrá más plantas en la tierra. Buena suerte alimentando a los mortales con agua y rayos.
El tono calmado de Démeter había sido más amenazador que cualquier grito o amenaza. En silencio, dio media vuelta y se fue.
Abrumado, Zeus se sentó en su trono. Hasta arriba llegaban los aullidos de los mortales, suplicando.
-Pronto no les quedará nada – Hermes volvía de dar otro vistazo al mundo de los hombres – Algunos hasta han empezado a sacrificar a otros humanos para aplacarnos…
-Ve donde Hades- le ordenó Zeus, mientras se masajeaba la sien – Dile que liberé a Perséfone. Aclarale que no se lo exijo como un dios, sino que se lo pido como un hermano.
Hades se encontraba en su nuevo jardín. Le gustaba contemplar las plantas que poco a poco Perséfone hacía crecer allí. La reina de los muertos llevaba un vestido negro a juego con la túnica de su esposo. Emocionada, le mostraba como empezaban a germinar sus retoños, cuando llegó Eurynomos.
-Mi señor, Hermes os llama – le dijo con la voz apenada – Viene de parte de Zeus, exige un parlamento para acordar la devolución de Perséfone.
Los enamorados se detuvieron. Perséfone abrazaba a su esposo.
-¿No puede obligarme, no? – le susurro mientras se acurrucaba a su pecho – Somos esposos…
-La autoridad de Zeus está por encima de nosotros – le dijo Hades – Pero tengo un plan ¿Ves ese árbol de granada? ¿Puedes hacer que dé fruto ahora mismo?
-¿A….ahora? – Lo miraba confundido – No, no lo sé ¿Por qué…?
-Iré a hablar con Hermes para ganar tiempo. Haz que esta planta de fruto y luego come las semillas que puedas, por lo menos seis – Hades apretó la mano de su esposa-No hay tiempo de explicarlo, pero si me amas, confía en mí.
Le dió un beso en la frente y salió a reunirse con Hermes.
El mensajero de los dioses esperaba revoloteando en el vestíbulo.
-No es muy cortés que un anfitrión se haga invisible para recibir a sus invitados. Dijo en voz alta, mirando a todos lados.
-Tampoco es muy cortés que vengan a llevarse a la esposa de un rey.
La voz de Hades parecía venir de todas partes al mismo tiempo. Durante un segundo Hermes tuvo la idea que el Inframundo era una parte más del cuerpo de Hades y el saberse dentro de sus entrañas le dió un escalofrío. Sacudió la cabeza y retomó su platica.
-Es un designio de Zeus, el padre de todos los dioses…
-No juegues la carta del mensajero conmigo – le corto la voz omnipresente de Hades – Sé que tú y muchos otros esperan que se separé de mi para jugársela a los dados, como si fuera un jarrón o un vestido.
-Nuestras opciones personales no tienen nada que ver – Hermes era un negociador experimentado, sabía que no debía caer en provocaciones – Démeter ha decidido que nada crezca sobre la tierra hasta que su hija la sea devuelta. Los mortales sufren y mueren…
-Y sin ellos vosotros los dioses quedareis desamparados – respondió con un tono ligeramente burlón – pensaron que escogí el Inframundo por necedad o inocencia, cuando los engañados fueron ustedes. Allá arriba necesitan de la adoración de los hombres para mantener su poder, mientras aquí yo me hago más fuerte con cada muerte.
Hermes se mordía los labios. Si Hades seguía negándose esto podría desencadenar en una guerra.
-Estoy lista, esposo.
La voz de Perséfone salía de una puerta que se abría al fondo de la estancia. Cuando dio el primer paso varias columnas de fuego rojo se alzaron, iluminando su vestido negro estampado con flores doradas, así como su corona hecha de huesos y decorada con rubíes.
De pronto vio Hermes al señor de los muertos tomar forma frente a él y supo que se había quitado el casco.
-Dile a Zeus, Deméter y a todo el Olimpo que no solo estás regresando con la doncella de las flores, sino también con la reina de los muertos. – dicho esto Hades y su esposa se besaron y esta salió con Hermes.
– Afuera la esperaba Deméter. Apenas la vio salir corrió hacia ella, mientras la tierra florecía a su paso.
-¡Hija mía! – exclamó mientras la cubría de besos – ¡Te he extrañado tanto!
-Madre – le devolvio el abrazo Perséfone – es grato encontrarnos de nuevo.
-Te ves tan… diferente – le dijo su madre mientras la veía de pies a cabeza – ¿Qué te han hecho?
-Terminé de florecer, madre – Perséfone se separó y dio una vuelta, haciendo que sus faldas ondeen al viento – No solo soy tu hija, sino también una reina.
Demeter la miraba con sorpresa y un toque de orgullo, hasta que noto algo raro en su rostro…
-¿Hija, te has maquillado los labios? – acercó su mano y le pasó la yema de un dedo por encima, viéndolo teñirse de rojo – esto es…
-Semillas de granada – le contestó orgullosa su hija – logré que crezcan en el Inframundo y me comí seis antes de salir, estaban muy buenas…
-¡No! – gritó Deméter frustrada – ¿Acaso no sabes que los que comen algo en el Inframundo quedan atados a él? ¡Ahora tendrás que pasar seis meses allí!
¿…Ups? – le sonrió Perséfone, entendiendo finalmente las intenciones de Hades.
Finalmente los tres llegaron a un acuerdo: Durante medio año Perséfone viviría con su madre y la ayudaría que los cultivos crezcan y el alimento abunde. Los otros seis meses los pasaría con su esposo y las plantas se secarían, aunque en realidad descansarían para tomar fuerzas en la cosecha siguiente, siendo este el orígen de la primavera y el otoño.
————————-EPILOGO————————-
Los reyes de la muerte se encontraban acostados uno al lado del otro, disfrutando de su tiempo juntos en el jardín que Perséfone había hecho crecer para ellos.
-Hades, amor mío, siempre he tenido una duda – le preguntó mientras se apoyaba sobre su codo para verlo a los ojos – ¿Por qué esa vez escogiste semillas de granada?
-Sé que en tus palabras hay más de lo que dices – Hades suspiro y la miro directamente a los ojos – ¿Sabes para qué sirven, cierto?
-En su momento no lo recordé pero – Perséfone le miro con más intensidad – Son abortivas. Estabas previniendo que tenga un hijo tuyo.
Hades terminó de sentarse y ella hizo lo mismo. Volvió a suspirar y le dijo:
-El Inframundo es un lugar infecto, corrompido. Cualquier criatura concebida aquí sería un monstruo, como Tifón o las Gorgonas
-Pues yo le amaría de todas maneras – le dijo Perséfone, desafiante – Y no puedo creer que…
-Y yo también, con todas mis fuerzas. Tanto como te amo a ti… – el rostro de Hades adoptó una mueca de dolor – Pero si nace como un monstruo entonces no tardará en aparecer algún mortal deseando escribir su leyenda de héroe con la sangre de nuestro hijo. E incluso si vence, luego vendrá otro, y otro, todos queriendo lo mismo. Le obligarán a vivir temiendo por su vida, a esconderse en cuevas y no ver la luz del día…
Perséfone se había quedado muda. Su esposo tomó su mano.
-Sé que a ti no podré perderte ni siquiera en el final de los tiempos, pero no sería así con un hijo nuestro. Sería cazado hasta la muerte por algún mortal o semi dios ambicioso. No lo soportaría.
-Cariño – le reconfortó ella, poniendo su mano sobre el rostro de su amado y abrazandolo – ¿No ves que yo llegué a cambiar tu mundo? No importa si nuestro hijo nace aquí o arriba, pues será fruto de nuestro amor. No será ningún monstruo y vivirá feliz y contento. ¿No es este jardín una prueba de que la belleza y la muerte pueden existir juntas? ¿No lo es acaso nuestra propia unión? Unámonos, amor mío, dejemos el miedo de lado y seamos felices.
La pareja tuvo cuatro Hijos: Ploutos, el distribuidor de riqueza, Melinoe, la creadora de pesadillas, Makaria, diosa de la Eutanasia y Zagreus, dios de la abundancia. Todos ellos tenían forma humana y vivieron sus propias aventuras como dioses menores, pero esa ya es otra historia
FIN
