La primera despedida

A un lado junto al muelle, rodeados por la fría neblina del amanecer, dos figuras encapuchadas observaban a un grupo de esclavos transportando cofres de ébano a la cubierta de un barco.
La figura más alta carraspeó antes de hablar

¿Empacaste todo?
Si, respondió con voz tímida la otra, que apenas le llegaba al pecho.

Bien – continuó mientras se mordía los labios rápidamente – pasarán años hasta que vuelvan a escribirse pergaminos como esos: filosofía, ciencias,historia… Lo más selecto de nuestro conocimiento va contigo, estúdialo.

Ahm… – le tembló un poco la voz. Nunca había sabido cómo referirse a su interlocutor. Nominalmente era su prometido, pero nunca se habían tratado de esa manera. No solo porque ella apenas tenía 12 años y el 19, sino porque ambos sabían que aquello sólo era una fachada para protegerla – Voy a extrañar la ciudad, emperador. Y… y también su presencia.


Claudia -El emperador flexionó las rodillas, quedando frente a su rostro- ¿Podrías decir quién soy?- le preguntó con una sonrisa leve.

Claudia permaneció unos segundos en silencio, sorprendida. Pensó en sus lecciones de retórica y discurso, buscando una respuesta.

Julio Coceyo Cínico – recitó de golpe y con voz firme – emperador legítimo de Caesia, guardián de la civilización, señor del mundo…

Bien – le interrumpió éste – esos son mi nombre y mis títulos, y son importantes. Algunos filósofos orientales piensan lo contrario, pero ellos no están en nuestro lugar. Nacimos en un mundo en conflicto, nuestros rangos, etiquetas, la primera impresión que dejamos…son nuestro escudo y armadura… pero no quienes somos realmente.

Claudia le escuchaba atenta, sabía que esta era su forma de despedirse: no con adioses ni lágrimas, sino con consejos para sobrevivir. De pronto Julio acercó su mano hacia su rostro, como si fuera a sacudirle el cabello. En vez de eso saco una moneda dorada.

Oh, mira que te está saliendo del cabello – Claudia rio fuerte, cubriéndose la boca para controlarse. Nunca había visto a Julio hacer una broma y ahora entendía el porqué: El emperador del mundo no sabía ser gracioso.

Él rió también – mira bien la moneda – le dijo – ¿Qué ves?

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Ella abrió mucho los ojos – mi hermano…

Cneo Cipariso – le respondió con solemnidad – Emperador de Odenatia, señor de las arenas, guardián de oriente – mostró el otro lado de la moneda, donde habían dos figuras sentadas y tomadas de la mano – A diferencia de otros usurpadores, él se nombró coemperador conmigo, y en las monedas que acuñó durante su breve reinado nos incluyó a ambos. Por extensión tú eres hermana de un emperador y prometida de otro. Tales son sus títulos, pero no quien fue. Cipariso era… – el emperador tragó saliva. Cómo podía explicar su relación con él? Lo mucho que había significado, el impacto que tuvo en su vida? No encontraba palabras – … Solo el imperio estaba por encima de él. Incluso cuando tomó el poder fue para que tú y yo escapemos. Y tú eres su hermana, todo lo que me queda de él…

Claudia lo miraba asombrada y maravillada.

… pero eso es quién tú eres para mí. Ahora te toca a ti descubrir quien eres realmente. Ten cuidado. Crece. Aprende.

Se puso de pie y dio media vuelta. Ahora vamos antes de que el barco…

Se detuvo en seco. Claudia lo había abrazado, en silencio. Julio sintió su rostro sobre su espalda.

Tú y mi hermano compartirán el mismo destino – no era una pregunta, sino una afirmación resignada- ambos llegaron, me salvaron y luego… desaparecen… – le dijo con la voz entrecortada

Así es- le contestó con voz calmada, resignada – No nos volveremos a ver. Pero tú debes vivir. Solo tú recordarás quien fue tu hermano, y quien fui yo. Recuerdalo y vive por ello. Adios, Claudia.

Él también volteó a abrazarla. Permanecieron así unos segundos, luego se separaron y le limpio los ojos humedecidos
Debes ser fuerte, emperatriz – le dijo con una sonrisa. Luego ella subió al barco y él regreso al palacio, cubriéndose el rostro con la capucha. Un emperador no sufre. No en público.