Los Visitantes

Camino. Con cada paso, el ambiente va cambiando. El olor de la brisa salada reemplaza lentamente el aroma de los bosques de eucalipto Y el cielo va perdiendo su tonalidad celeste para volverse más gris y opaco.

Arrastrando los pies bajo el peso de mi alforja y mis 80 años, llego a lo alto de una colina y me detengo para observar, a lo lejos, la fortaleza de Chan Chan, rodeada de polvo y de silencio.

Mi nombre es Naucempinco, que en la lengua de los míos quiere decir “el que no olvida”. Desde niño acompañé a mi padre a vender su mercancía en los alrededores de la fortaleza. En aquellos tiempos, ese era el punto de encuentro para los mercaderes de todo el reino: agricultores, alfareros, hilanderas… A veces llegaban enviados de otros cacicazgos a rendir pleitesía a nuestro rey, Minchan Caman, y la plaza se llenaba de curiosos y visitantes.

Al crecer, mi padre me enseñó a trabajar los metales. Mas, solo cuando fui adquiriendo la pericia suficiente me permitió ofrecer mis productos junto a los suyos. Una vez que mi arte llegó a manos de la gente del rey, me ofrecieron de inmediato trabajar en palacio. Allí viví rodeado de lujos y fui testigo de numerosas audiencias, incluida la primera reunión con los embajadores de Cuzco.

El representante del Inca se puso de pie en medio de la sala. Detrás suyo, numerosos sirvientes lo seguían, cargados de valiosas ofrendas. Luego de las presentaciones y saludos formales, hizo pasar a dos enviados más. Eran caciques de Cuismanco y Chuquimanco, antiguos aliados nuestros que vestían ahora a la usanza cuzqueña. Se colocaron a ambos lados del emisario antes de que este pronunciase palabra:

“Nuestro dios, rey Pachacútec, ha sabido que adoran a dioses impíos y viven de forma incivilizada, por ello les ofrece rescatarlos de la herejía y la barbarie. ¡Júrenle lealtad, renuncien a sus Huacas y abracen la fe al Inti!!»

Un silencio helado cayó sobre la sala. Ninguno de los presentes se hubiera atrevido a soñar siquiera con pronunciar palabras tan ofensivas contra nuestro Señor.

«Nuestro error inicial –siguieron los embajadores de Cuismanco y Chuquimanco– fue no aceptar la voluntad del Sapa Inca desde un principio…

«Lo recuerdo –les interrumpió Minchan Caman, con voz grave–. Recuerdo cómo suplicaron por ayuda para resistir y, conmovido, les envié a mis mejores hombres. ¿Así pagan mi generosidad? ¿Pidiendo ahora que me humille?”

«¿Es humillación cuando el Sol sale por las mañanas y hace que nos postremos ante él? No existe vergüenza en rendirle homenaje a quien se muestra superior a uno; tal como lo hicimos contigo en su momento. Por la misma consideración que tuviste con nosotros es que te aconsejamos rendirte al Inca sin oponer resistencia. Nosotros lo intentamos y fallamos, no repitas nuestro error”.

¿Cómo se atrevían esos extranjeros a hablar así? ¿Acaso ignoraban que nuestro Señor también era un conquistador, que le rendían tributo desde el desierto de Sechura hasta los lindes de las selvas? Herido en su orgullo, Minchan Caman se puso de pie y declaró:

«¿Acaso no retrocede el Sol cuando Shi, nuestra diosa madre, sale? ¿No se humilla el mar bajo la voluntad de su luz? ¿No se oscurecen los cielos para rendirle tributo? Yo no puedo cometer sus mismos errores porque soy un rey. Y un rey no puede comportarse a la par de los insectos –Minchan Caman se golpeó el pecho y alzó aún más la voz, haciendo que esta retumbe por toda la sala–. Lleven mi respuesta al Inca. Díganle que yo, Minchan Caman, moriré defendiendo las tradiciones y la fe de mis antepasados. ¡Los chimú no nos rendiremos ante nadie!”

Los soldados respondieron hiriendo el suelo con el asta de sus lanzas, mientras los demás nos golpeamos el pecho y lanzamos aullidos de lucha.

Así empezó la guerra contra los señores de Cuzco.

Uno a uno se presentaron los señores vasallos de Minchan Caman, seguidos de su comitiva de guerreros, todos dispuestos a unirse al ejército y luchar por él. En total eran quince mil soldados. Incluso yo quise alistarme con las tropas, pero no me lo permitieron. «Minchan Caman tiene miles de lanzas tan buenas como la tuya, pero pocas manos tan hábiles», me dijeron mis maestros.

El Inca Pachacútec había enviado a su hijo, el joven Túpac Yupanqui, a dirigir a sus tropas. Ello nos llenó de confianza. Si bien nos doblaban en número, su líder era un príncipe inexperto que pronto sucumbiría ante los rigores de la batalla.

El ejército se reunió y marchó esperando encontrar a los cuzqueños camino a la capital. En vez de ello, estos habían bloqueado los canales que alimentaban nuestras tierras de cultivo con agua de la serranía. Querían vencernos por hambre en nuestra propia tierra.

Dos grandes batallas hubo, y en ambas les hicimos pagar caro su avance. Nuestro Señor dejó Chan Chan para dirigirse a la fortaleza de Paramonga, donde mandó construir una muralla con el fin de contener el avance cuzqueño. Yo permanecí en la fortaleza esperando el regreso triunfal de Minchan Caman y su ejército.

Cuando regresó, nuestro Señor se veía abrumado. Tupac Yupanqui había pedido veinte mil refuerzos desde el Cuzco y estos le habían obligado a huir para refugiarse en Chan Chan, donde sería la resistencia final. Poco a poco sus vasallos le fueron abandonando, cada vez más resignados a la derrota. Regresaban a sus tierras, llevándose a sus soldados consigo.

Una y otra vez, Túpac Yupanqui mandaba a decirnos que entreguemos la fortaleza. Y una y otra vez, nuestro Señor rechazaba su oferta; a pesar del hambre, el asedio y el abandono de sus hombres.

“El próximo enviado será el último – advirtieron los consejeros de Minchan Caman– hemos colmado la paciencia del Inca. Pero admiramos su resistencia, mi Señor, y estamos dispuestos a morir por usted”.

“He cumplido mi palabra de defender a mi gente –respondió nuestro rey, para que todos le escuchemos–. Ahora debo escoger entre sacrificarlos a todos por cumplir mi palabra, o protegerlos a costa de mi orgullo y honor”.

Un día después, Chan Chan era saqueada por los Incas.

Túpac Yupanqui ordenó que no dañaran a los artesanos, ni a los orfebres, ni a la familia real. Nuestro Señor Minchan Caman fue llevado al Cuzco, al igual que muchos de nuestros tesoros, para que adornen sus templos mientras nos hacían renunciar a la adoración de nuestras Huacas.

A mí y a muchos otros naturales nos obligaron a viajar también. Algunos serían parte del ejército incaico y otros terminarían reubicados en asentamientos a lo largo del Imperio, para que nuestros hijos y nietos olviden su linaje y crezcan como cuzqueños.

Pero algo ocurrió en el camino. Conforme íbamos avanzando hacia las alturas, sufríamos mareos, náuseas y dolores de cabeza. Al principio los capataces del Inca pensaron que eran mañas nuestras y nos golpeaban e insultaban. Pero mientras más avanzábamos, peor nos sentíamos. “Estos son débiles”, le dijo el capataz a su superior mientras nos miraba con desdén.  “No sirven para el ejército”.

Unos días después, llegó un mensajero del Inca con una orden para nosotros: se cancelaba el viaje, teníamos que volver a Chan Chan. Me sentí tan aliviado de volver a casa que apenas escuché la segunda parte del mensaje. “Menos los orfebres y artesanos. Ellos seguirán su camino a la capital y trabajarán en el Cuzco”.

Fue así que llegué a la capital del Imperio, donde viví rodeado de privilegios. Construyeron para mí un taller, con el fin de que pudiera transmitir mi arte. Me casé, tuve hijos, nietos y aprendices… Sesenta años han pasado desde entonces.

El Inca actual, Huayna Capac, ha dado la orden de que vuelvan los artesanos a Chan Chan. Los nietos de Minchan Caman se rebelaron y fueron exiliados, y quienes los apoyaron han sido ejecutados, dejando la ciudad prácticamente despoblada. No lo pensé dos veces y emprendí el viaje de regreso. Mi mujer y mis hijos han preferido quedarse en Cuzco. Así sea. En una ciudad fantasma solo pueden vivir fantasmas, rodeados de recuerdos y nostalgias. Eso lo entiendo.

Mantengo sin embargo una última esperanza…

Hasta aquí han llegado rumores de unos misteriosos Wiracochas, hombres barbudos que creen en otros dioses y siguen otras costumbres. Que las Huacas me den vida suficiente para ver cómo cambian los roles, cómo les tocará ahora a los cuzqueños agachar la cabeza y abandonar para siempre sus herejías y su barbarie.

Fin