Mundo de fantasía: Estado de excepción

Posiblemente lo hayan olvidado o nunca lo hayan leído, pero en mi mundo los continentes están «cerrados» Al sur y al Norte está el mar de hielo, frío e imposible de navegar; al este tenemos las Montañas de la locura, que enloquecen a aquellos que intentan atravesarlas, y al Oeste está el mar sin viento, capaz de enloquecer a aquellos que intenten cruzarlo con remos, el mar donde no vuelan las aves. En ese momento el Imperio Caesio dominaba 3 de los cuatro continentes del mundo, y se encontraban planeando la invasión del cuarto, ésta iba a ser su campaña más ambiciosa: los Xhi, como se hacían llamar, habían unificado sus tierras bajo el mandato del Rey Amarillo, y llevaban décadas preparándose para defenderse de los Caesios. Entonces algo pasó El viento empezó a soplar hacia el mar del oeste .

Los caesios, en sus más de dos mil años de existencia, jamás habían visto nada semejante. Al principio enviaron unos cuantos remeros, y estos no solo no enloquecieron, sino que decían haber llegado a islas vírgenes y selváticas, habitadas por salvajes primitivos pero ricos en frutas, especias y oro. Más exploradores fueron enviados, tanto aventureros particulares como expediciones estatales. Llegaron más allá de las primeras islas y decían haber encontrado un reino enorme, gobernado por un rey dios.

Las gentes de éste reino intercambiaban piezas de oro y plata como si fueran arena, sus utensilios estanhechos de piedras preciosas y sus ropas, gruesas y de colores vivos, don mucho más refinadas que las sedas de Xhi. Y ni hablar de su agricultura, siembran en las montañas y cosechan cantidades increíbles de alimento, más que nosotros en nuestros valles más fértiles.

Pero su rey dios está rodeado de enemigos, sus tribus vasallas le detestan y su hermano desea su trono. Será fácil provocar una guerra civil, invadirlos y tomar sus recursos.

Y así zarparon 100 mil barcos Caesios a conquistar el nuevo continente, llevando lo más selecto del ejército y diplomáticos imperiales Y así como el mar se abrió, se cerró. Nunca se supo que pasó con la expedición.

Sin saberlo, los Caesios se habían condenado.

Como un árbol, su imperio estaba podrido por dentro: corrupción, vicios, pereza. Solo la lealtad del ejército, como una corteza, los mantenía unidos. Pero habiendo perdido a casi todo su ejército,así como a sus oficiales más leales, el imperio quedó en mano de los corruptos. Y el imperio, que nunca había sufrido de guerras civiles, cuyos emperadores jamás habían sido asesinados, que sus ciudadanos jamás se habían rebelado; sufrió de todos éstos males de un solo golpe.

Tras 50 años de crisis, rebeliones y guerras civiles, el imperio fue destruido. Solo su capital, Sabina*, resistió unos meses más, y es durante ese lapso que ocurre la historia que voy a contar *Por eso los años se cuentas A.S.(antes de la caída Sabina) y D.S.(después de su caída

Estado de Excepción

El emperador, de pie, observaba el mar desde la ventana de su palacio.

Míralos, Saotero – decía sin voltear a ver a su chambelán, parado junto a la entrada de su recámara – Hace años miles de barcos iban y venían de todos los confines del mundo: Comerciantes, embajadores, ejércitos victoriosos… todos signos de la grandeza del imperio. Ahora solo hay barcos de refugiados, abandonando la ciudad para sobrevivir y llevando consigo lo que queda nuestro legado.

¿De qué les sirve llevar un par de huevos si dejan a la gallina para ser devorada por los lobos? – La voz del chambelán iba cargada de respeto, pese a la naturaleza de su comentario- Hasta ahora Lucio no os ha hecho ninguna propuesta de ir con él…

Quizá lo haga en nuestra próxima reunión – respondió mientras esbozaba una media sonrisa – Coloca el vino y el ajedrez sobre la mesa, luego ve a llamarlo. No puedo esperarlo por siempre.

———–

Lucio llegó luego de unos minutos. No era un hombre viejo, sino envejecido. Su cabello canoso y su rostro surcado de arrugas contrastaba con su andar firme y su mirada recia.»Un auténtico caesio – pensó el emperador mientras lo invitaba a sentarse con un ademán – quizá de los últimos que queden.»

Majestad- saludó Lucio haciendo una reverencia antes de tomar asiento – ¿A qué debo el honor de esta reunión?

Lucio, Lucio – el emperador le ofreció una copa de vino que éste rechazó, así que empezó a beberla mientras hablaba – Tú sabes por qué estás aquí y yo también. Pero si aún así quieres empezar de forma protocolar, pues dime ¿Cómo va la evacuación?

A Lucio le inquietaba la mirada del emperador, le hacía sentir como un ratón siendo observado por un gato que iba a jugar con su presa antes de devorarla. Había algo en esos brillantes ojos negros que le hacía sentirse débil, vulnerable.

Según lo planeado. Estamos usando vuestra flota para evacuar a los civiles mientras nuestros barcos nos protegen de los asaltos piratas en ambos flancos.

¿Tienen suficiente espacio para todo lo demás? Pergaminos, esculturas, cuadros… todos nuestros barcos están a su disposición, aquí ya no harán falta.

El emperador había condenado a su ciudad con esa frase y ni siquiera le había temblado la voz «¿Qué esconde este hombre? ¿A que juega?» Lucio desvío la mirada hacía el tablero de ajedrez. Su interlocutor parecía haber estado jugando consigo mismo antes de que llegase.

El transporte de las estatuas está resultando complicado, sobre todo por el proceso de embalaje. – Lucio observó fijamente al emperador, intentando sostener su mirada – No sabemos cuánto podremos contener a los bárbaros por mar. El tiempo apremia.

Entonces solo lleva lo que puedas – el emperador siguió moviendo piezas del tablero, con aire distraído – A fin de cuentas las estatuas son piedras y los cuadros telas. Es nuestra gente la que importa, la que mantendrá nuestro legado. Ellos son el imperio, no las cosas materiales, ni estas murallas. – el emperador alzó los ojos de repente -Ni siquiera yo mismo.

Lucio tragó saliva. El emperador tenía 19 años, apenas era mayor que sus nietos, y aún así se sentía aplastado ante su presencia. «¿Es éste el poder de la autoridad imperial? ¿Es esto lo que experimentaban comandantes y senadores antes de la crisis?»

Mi emperador….yo…

Eres un hombre valiente Lucio, y aún así te tiembla la voz. Te ahorraré las penas. – el emperador volvió a mover las fichas de ambos lados del tablero – Vienes de Kanira, nuestro continente cruzando el mar. Sé que has logrado mantener algo de orden en la costa de la provincia. Te presentaste ofreciendo rescatar a los caesios que deseen huir del asedio de la ciudad. Hábilmente evitaste mencionar si me llevarías contigo. Podría mandarte a ejecutar por insinuar que ibas a abandonar a tu emperador. O asesinarte a escondidas, que en eso nos hemos vuelto muy buenos. ¿En serio creías que tus sobornos y guardias te hubieran servido de algo? Llevas quince días aquí, y no ha habido un solo instante en que no hubiera podido desaparecerte y escapar al otro lado del mar.

Lucio había palidecido, un sudor frío le recorría el rostro. Si el emperador de verdad pensaba huir a Kanira era el fin de todo. Intentó flexionar los dedos, reaccionar. ¿Se atrevería a matar al emperador? Podría intentarlo y luego escapar… Pero no. Incluso si sus miembros no se hubieran vuelto de piedra, él no lo haría, no era así. El emperador continuó su monólogo:

Pero también sé lo que no me has contado. Sé que el poco orden que hay allá se debe a tu trato con los rebeldes de centro. Aquellos que quieren mantener las instituciones y el orden imperial pero desean conservar su independencia. Luchan contra los que quieren volver a dividirse en tribus como antes de que les diéramos la civilización, y contra los necios que desean cruzar el mar para «rescatarme» y salvar el imperio. Ambos son igual de insensatos, has tomado la decisión correcta al aliarte con los moderados… y eso implica el no llevarme contigo. Los moderados te asesinarían y, sin tu liderazgo, serían devorados por los radicales. Perderías todo aquello por que luchan tú y las legiones que se han mantenido fieles a pesar de todo. Entonces, Lucio ¿Por qué te pesaba tanto decirme esto? Has decidido lo correcto para el futuro del imperio, no debes sentir remordimiento.

Lucio no sabía en qué momento había empezado a llorar. Solo sintió las lágrimas caer por sus mejillas cuando tomó aire para hablar sin que se le quebrara la voz

Majestad… ¿Qué clase de Legato…? No ¿Qué clase de caesio soy, si ni siquiera puedo salvar la vida de mi emperador?

Calma, Lucio. Es cierto que las partidas de ajedrez terminan cuando el rey muere… pero nosotros somos piezas de nadie. Somos caesios – el emperador barrió las piezas del tablero con un movimiento de su mano, haciendo que estas cayeran al suelo – Siempre podremos jugar otra partida.

El emperador vació lo que quedaba de su copa y se acercó a Lucio, quien se sentía lleno de un ímpetu gigantesco. Todas las culpas habían desaparecido, solo quedaba el futuro del imperio por delante.

El emperador le colocó una mano en el hombro, sacándolo de su ensueño.

Vamos. Saotero ya debe haber reunido al senado. Tengo una pequeña sorpresa para ti, y necesito que los ancianos le den validez con su testimonio. ¡Vamos, Lucio, por Caesia!


Para entrar al auditorio del senado era necesario subir unos escalones anchos, blancos y hechos del mismo mármol que las columnas que sostenían la fachada del edificio. A continuación llegaba a un arco adornado con relieves de batallas y emperadores pasados. Lucio se acercó, pues el emperador le había pedido usar la entrada convencional mientras él usaba una exclusiva. En la puerta estaba de pie un anciano vestido con una toga gris y un cayado en las manos. Lucio caminó a paso firme, haciendo sonar sus sandalias contra las baldosas rojas del salón.

¡Anuncio! – alzó la voz el anciano mientras golpeaba el cuelo con la punta de su bastón – !Bienvenido sea Cayo Lucio Carbonero, Legato de la provincia de Kanira!

Lucio entró en la sala. Las paredes estaban adornadas con estatuas de emperadores antiguos. Habían 400 sillas delante de él, ordenadas en hileras de 20 x 20, formando un cuadrado perfecto. 400 lugares para 400 senadores que en otros tiempos habrían llenado el auditorio, dispuestos a aconsejar al emperador y debatir sobre leyes y proyectos.

Se desplazó hasta una de las bancas laterales, destinada a los solicitantes de audiencias. Desde allí vio a los senadores: Apenas 13 ancianos, los supervivientes de las purgas de emperadores paranoicos, valientes que habían resistido tanto la cobardía de escapar como la tentación de usurpar el trono. Los últimos sobrevivientes de la crisis.

Delante de ellos estaba una sacerdotisa vestida con una toga celeste y cubierta por un velo blanco. En cuánto Lucio tomo asiento ésta alzó los brazos y exclamó:

¡Nobles senadores, distinguido invitado! ¡Hoy nos reunimos ante todos los dioses, el único dios, o quizá ninguno, para pedirles su bendición en esta reunión! ¡Y ante todo estamos ante nuestro emperador, Sumo Pontífice de todos los credos!

El emperador estaba sentado en un trono de mármol, elevado del suelo por unos cuántos escalones. Vestía con una toga blanca ribeteada de rojo y una capa púrpura, símbolo del poder imperial junto a su corona de laureles dorados. En la mano derecha llevaba el cetro de ébano rematado en un diamante que lo señalaba como la máxima autoridad religiosa del imperio. Lo alzó con un gesto de aprobación y la sacerdotisa empezó la ceremonia.

Unos criados trajeron un cofre de madera labrada hasta los pies de la sacerdotisa. Ésta volvió a encomendarse «a todos los dioses, o a ninguno» y Lucio sonrió. Hace mucho el imperio aprobó la libertad de culto aglomerando a todos los dioses en un «Gran Panteón», pero desde que habían tenido en cuenta a las religiones orientales, basadas en el monoteísmo o en la ausencia de un dios, habían tenido que ampliar aún más su catalogo.

Al abrir el cofre salieron volando 7 palomas blancas, todas en la misma dirección.

¡Las deidades nos favorecen! ¡Bendita sea esta reunión y todo lo que aquí se acuerde! ¡Con la venia del Sumo Pontífice, me retiro!

Los criados retiraron el cofre mientras la sacerdotisa volvía a su templo. El emperador descendió de su trono e hizo una seña a su chambelán, quien se dirigió a los senadores.

!Saludos, respetables padres de la patria! estamos aquí reunidos para debatir la aprobación del «estado de excepción» para la provincia de Kanira! ¡El exponente del tema será nuestro glorioso emperador Julio Coceyo Cínico, señor del mundo!

Lucio alzó las cejas, sorprendido. Nunca había oído de un «estado de excepción». Ahora tendría que esperar el debate para saber de qué se trataba.

¡Saludos, honorables miembros del senado! Debo empezar esta reunión agradeciendo vuestra presencia a pesar del caos que nos rodea. Muchos otros senadores y soldados ilustres han dado sus vidas para permitirnos estar aquí, reunidos en el gobierno de un imperio legítimo. Otros tantos han huido o nos han traicionado sin mirar atrás. La historia se encargará de repartir dádivas y escarnios a quien corresponda, mas nuestro deber ahora es vivir y aprovechar el presente. – El emperador hizo una pausa para tomar aliento, con los ojos de los senadores fijos en él – ¿Y qué mejor forma de hacerlo que construyendo nuestro futuro? Para empezar, y en recompensa por vuestra fidelidad, le doy pase libre a todos vuestros familiares directos para ir a la seguridad de la provincia de Kanira.

Fue como si la voz del emperador hubiera dejado caer un manto de silencio sobre los senadores. Estaban de espaldas a la luz que entraba por el techo, así que sus miradas estaban envueltas en sombras. Tras una breve pausa se pusieron en pie y rodearon al mayor de ellos.

Tito Amancio se mantuvo imperturbable. Como cónsul, su labor era ser la voz del resto de senadores. Estos terminaron de formar y empezaron a deliberar.

Finalmente lo hizo – empezó un anciano con la voz cargada de un alivio casi palpable – por poco y pensamos que sacrificaría a nuestras familias también…

No habría honor más grande – interrumpió con voz vehemente uno ciego con vendas sobre los ojos – se trata de morir como caesios o vivir como bárbaros, nuestra opción es obvia.

Hablas por la herida, Mario – terció un senador con el ceño fruncido – ¡Qué tu familia haya sido ejecutada no significa que las nuestras deban sufrir el mismo destino!

Basta – la voz fría de Tito hizo que los senadores guardarán silencio – ¿Es que incluso hasta el final de nuestros días vamos a portarnos más como gallinas cacareantes que como hombres? – los senadores agacharon la mirada, avergonzados – Déjenme preguntarles ¿Qué nos queda que no nos hayan arrebatado? Mario, tu familia había huído a servir a un usurpador y los bárbaros los ejecutaron en el camino.

Traicionaron al imperio – respondió el aludido con voz baja – Los traidores y desertores no merecen otro destino que la muerte… solo quedo yo – su voz se iba quebrando conforme iba hablando – Solo quedo yo para limpiar el honor de los míos…

Claudio – continuó Tito, volteando a ver a otro senador – un usurpador te obligó a ver como asfixiaba a tu único hijo con sus propias manos.

No quiso involucrarme en el complot para derrocar al usurpador, por si fallaba – Claudio tragó saliva mientras los dedos le temblaban levemente -antes de estrangularlo me obligaron a ver como le torturaban, mutilándolo lentamente solo para que vea que iba a pasar con los enemigos del usurpador.

Marco se distrajo mientras los demás senadores comentaban sus desgracias. Él y su familia habían sido lo suficientemente inteligentes para pasar desapercibidos y sobrevivir la crisis sin pérdidas.

Camaradas – dijo en voz alta cuando llegó su turno – Debo ser sincero con vosotros: Sé que la mitad no recuerda mi nombre, y la otra mitad me tiene como un cobarde y un convenido. Mi honra ha sido el precio que he pagado por mantener a mi familia a salvo. No obstante, a diferencia de muchos otros, no huí en cuanto llegaron los barcos, estuve dispuesto a obedecer al emperador. ¿Por qué? Porque solo la muerte me devolverá mi honor, y ese será el último regalo que le daré a mi dinastía: Que puedan decir que su abuelo Marco Junio Bruto fue un valiente hasta el final.

No nos queda nada, señores – retomó Tito – el futuro ya no tiene sentido para nosotros. Nos han arrebatado todo, excepto nuestra dignidad y la esperanza de que nuestra prole, sobreviviente a tantas tragedias, pueda ver un día más. Que nuestros cuerpos descansen en la ciudad a la que juramos servir, y que las nuevas generaciones forjen su propio camino. ¿Están todos de acuerdo?

Habían vuelto a alzar la mirada, sus ojos brillaban con determinación. Asintieron en silencio.Tito tragó saliva antes de acercarse al emperador. Por un segundo sus pensamientos volaron hacía su hijo, muerto en la guerra, y hacia el nieto que este le había dejado; un niño de mejillas sonrosadas que quizá podría ver un nuevo día, que mantendría vivo su legado e impediría que su nombre se hunda en el olvido.

Pero se guardó sus emociones para sí. Era un miembro del Senado, tenía que actuar como tal.

Majestad imperial. – se dirigió al emperador con voz solemne – Me corresponde manifestar nuestro total acuerdo y gratitud con vuestra decisión. Nuestro honor y deber nos impedía abandonar la ciudad, o que nuestras familias hagan lo mismo, sin vuestro permiso. Temíamos que nuestro linaje perezca junto a la ciudad. Sería un sacrificio digno, si, pero ahora Su gracia nos ha regalado la certeza de saber que nuestros hijos vivirán, y ese es el más precioso de todos los presentes. Estamos seguros de que serán dignos portadores de nuestra cultura y legado. Mas nos reservamos el derecho de huir nosotros también. Nuestro lugar está en Caesia, junto a nuestro emperador.

Los demás senadores aplaudieron fuerte, luchando por contener el llanto. La algarabía fue tal que el anciano que custodiaba la puerta tuvo que llamar al orden golpeando el suelo con su cayado.

En otros tiempos Tito habría oído elocuentes discursos de diversas facciones del senado antes de comunicar una decisión, también con una perorata igual de pomposa y solemne. Pero ya no habían suficientes senadores para formar facciones, ni tenían la fuerza o el tiempo para ello. Eran un puñado de ancianos cansados, heridos y obligados a presenciar la ruina de su imperio. Solo les quedaba la dignidad suficiente para no huir del barco mientras terminaba de hundirse.

Tito tomó asiento mientras sus compañeros terminaban de aplaudir. El emperador volvió a dirigirse a ellos con los brazos abiertos.

!Sea, miembros del senado! !Honran este edificio y a todo el imperio con vuestra actitud leal y valiente! Ahora debemos pasar al motivo principal de nuestra reunión. El estado de excepción en Kanira – Julio hizo una breve pausa mientras miraba de reojo a Lucio – Es bien sabido que actualmente nuestro imperio atraviesa una crisis, hemos perdido contacto con casi todas nuestras provincias, ya sea por usurpadores o bárbaros. Todo aquel que se identifique como caesio está siendo perseguido y ejecutado como si fuera portador de una peste.En tal situación me resulta inimaginable el abandonar nuestra capital, pues tengo que organizar la defensa y el bienestar de los nuestros.

No obstante, aún quedan caesios fuertes allá afuera. Lucio, legato de la provincia de Kanira ha mantenido un bastión para los nuestros cruzando el mar. Considerando el inminente asedio que sufriremos, así como los ataques de piratas por mar, quedaremos incomunicados por un tiempo.

«¿Un tiempo?» pensó Lucio mientras miraba al emperador «Sabe que no sobrevivirán lo que está por venir ¿A que se refiere?»

…y Lucio necesitará tomar decisiones rápidas y drásticas durante nuestra ausencia, deberá actuar bajo su propio criterio sin esperar nuestra aprobación. Por lo tanto sugiero decretar el estado de excepción para su provincia: Mientras el decreto este activo Lucio podrá elegir a sus sucesores libremente, formar alianzas y declarar guerras de conquista como le plazca. Además estará libre de la recaudación de impuestos y de soldados. Podrán leer los detalles en las copias que les haré llegar – hizo un gesto y su chambelán Saotero entró con pergaminos que empezó a repartir a los senadores – Os imploro, con la gravedad de tener el futuro del imperio en sus manos, decidir a favor de esta moción.

Mientras los senadores leían, o fingían leer antes de decir que sí. Lucio se sentía conmocionado. Sabía que la ciudad caería, el emperador moriría sin haber nombrado un sucesor, para todos los efectos el imperio habría dejado de existir. Por una parte sentía que esto era parte del teatro imperial, de guardar las formas. «Como cuando se sobornaba a los bárbaros para que no nos ataquen, pero antes les nombraran comandantes y llamaban estipendio al chantaje» Pero otra parte de él le decía que esto era real, que el estado de excepción sería temporal y…

Un aplauso retumbó en la sala. Los senadores habían aprobado el decreto. El emperador le llamó a su lado mientras sacaba de los pliegues de su túnica. Estaba dentro de un tubo dorado, lacrado con el sello imperial en cera purpura por fuera.

Toma este documento Lucio, úsalo para denotar tu legitimidad imperial sobre los que te cuestionen. Mantente fuerte y espera, que algún día el águila alzará vuelo sobre estas tierras una vez más, y necesitará a sus fieles subordinados a su lado.